Episodio 1: El linaje de la edición

«Todo lo hago yo. Es decir, que soy el cajista, impresor y encuadernador de Poesía, lo cual, por lo tanto, no es obra del cansancio triste de los obreros, sino de mi alegría entusiasta.»

Manuel Altolaguirre (1905–1959)

Quisiera pensar que detrás de un catálogo editorial independiente rara vez existe un frío plan de negocio; lo que hay, casi siempre, es una herencia, un linaje invisible de afectos y menciones que se transmite de mano en mano. Al menos así ha sucedido con los 24 años de existencia material y tipográfica que he podido experimentar en Barcelona, o mejor, no se explica sin las tardes de silencio frente a las galeradas en una especie de despacho-taller donde la perfección del texto era no solo una motivación casi que sagrada, sino una manera de leer con una atención que atiende a la forma del texto.

Comencé en el año 2000. Tras mudarme a Barcelona, ingresé en la trastienda –en realidad el estudio particular del editor– de las colecciones de Poesía y de Obras Completas de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Allí trabajé como corrector ortotipográfico bajo la impronta  de Nicanor Vélez Ortiz. Él no solo era el creador de esa colección de poesía que se convirtió en un punto y aparte para los 20 países que escriben en lengua española; era también el editor mundial de la obra de Octavio Paz, el Premio Nobel mexicano apreciaba públicamente la finura, la agudeza y el rigor intelectual de su joven editor, delegando en él la custodia definitiva de su legado.

En aquellas mesas de trabajo, rodeadas del fantasma de la exactitud, mi labor diaria consistió en descifrar originales, confrontar variantes y limpiar textos. Ayudé a Nicanor a montar volúmenes esenciales: la Lírica de una Atlántida de Juan Ramón Jiménez —una edición fundamental al cuidado de Alfonso Alegre Heitzmann que rescataba su exilio americano—, el Tomo III de las Obras completas de Pablo Neruda y el Tomo I de las Obras completas del propio Paz.

Aprender a editar poesía desde la corrección ortotipográfica te enseña a mirar el libro desde su esqueleto. Comprendes que una coma mal colocada deshace el ritmo de un poema y que el espacio en blanco de la página no es vacío, sino silencio cargado de sentido. Esa disciplina culminó para mí en febrero de 2002, cuando corregí íntegramente mi primer libro para el sello: Cuaderno de versiones.

Aquella exigencia marcó un antes y un después en mi relación con la lectura  y la poesía. Cuando uno se forma al lado de un maestro que trata cada carácter tipográfico con reverencia, es imposible conformarse después con la prisa o el descuido del consumo masivo. La semilla de lo que pocos meses más tarde se llamaría Animal Sospechoso quedó sembrada en esas jornadas de tinta y papel. No sabíamos entonces que estábamos fundando un animal tan sospechoso, pero esa manera de leer desde dentro era ya nuestra forma de disidencia.

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